PINTADA 29/1

domingo, 23 de enero de 2011

Una forma de pedir perdón.

Hincaste tus rodillas sin delicadeza alguna, ya totalmente rendido, sobre el cemento de aquella calle donde siquiera las sombras se animan a recorrer.
Poco a poco de manera sutil, la sangre comenzó a emanar de diversos sectores de tu resquebrajada piel; el cemento te iba haciendo sentir su vigor, indefectible y común a todos.

Colocaste tus manos en el suelo ejerciendo extraña presión queriendo hundirte, desaparecer para no verte más, no tenerte que soportar, tu respiración, la palpitación de tu cansado corazón, la transpiración, aún transpirabas, y en esa posición digna sólo de un musulmán te echaste a rezar.

Rezar, era lo único que te quedaba, y como bien dicen ( y también, bien sé ), dios ( así, con minúscula ), resulta el mejor chivo expiatorio y a su vez el único ser en quien nos podemos apoyar en aquellos momentos en que nada, podría estar peor.

Succionaste gota a gota la sangre que vertía sin ganas de tus manos, como si fuera el último líquido; el elixir que te salvaría de aquella mierda a la que con gran elocuencia llamabas, vida.

Te arrepentiste de tus "pecados" ( palabra que en tu vocabulario sólo tenía algunos minutos de cálida existencia, porque es ése el refugio que nos dan este tipo de palabras; una calidez. El sentirnos abrazados por algo que no sabemos donde está y mucho menos qué es, con qué poco nos conformamos, ¿ no ? ), pedias perdón, perdón, perdón y más perdón, dudo que en tu porca vida hayas repetido una palabra tantas veces y finalmente, quedaste en silencio.

El tiempo que había pasado, y tu pasado que cargabas sobre tu espalda no iban a cambiar por unas cuantas letras que alcanzaste a balbucear con tu bronca toda al viento y la vida te lo hizo sentir.

Una luz fuerte centelleó sobre tu sien, luego un sonido perforó increscendo tus oídos;
Nuevamente, silencio.

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